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Yo, que soy tan curiosa: Egeria, la pionera de los libros de viajes

egeria

Egeria ha pasado a la historia por ser la primera mujer religiosa (aunque muchos descartan que fuese monja, concepto que todavía no existía en esa época)  que en el siglo IV llevaría a cabo un largo y heroico peregrinaje, en tiempos donde estas acciones no eran propias del género femenino. 

Era culta, profundamente religiosa y pertenecía a la alta clase social, entre otras cosas porque se ha barajado la idea de que viajaba con la ayuda de un salvoconducto o pasaporte que le facilitaba el cruce de fronteras y que en aquella época estaba reservado tan sólo para personas importantes. Incluso se ha llegado a decir que podría haber sido hija del emperador Teodosio I.

Egeria  vivió en el siglo IV en el rincón occidental del Imperio Romano, en la provincia de Gallaecia. La única fuente de información que nos ha quedado de Egeria fueron sus propias cartas que escribió a sus hermanas del monasterio del que salió para emprender su largo viaje. Es por esta razón por la cual en sus misivas no nos habla de ella sino de sus experiencias. 

Entre los años 381 y 384 cruzó tres continentes, recorrió más de 5.000 kilómetros, en su mayor parte a lomos de un burro (o de una mula) y hoy es considerada la primera gran viajera y peregrina de la que se tiene noticia y la primera en dejar un documento escrito de su aventura.

Sus pasos arrancan de la zona de Gallaecia, continúa por Tarraco, cruza el río Ródano por el sur de la Galia, atraviesa Italia, embarca hacia Constantinopla y desde allí sigue hasta Palestina para visitar la Tierra Santa en una peregrinación que años antes había inaugurado santa Helena, madre de Constantino.

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Gracias a la pax romana, una ciudadana del Imperio podía viajar desde Gallaecia hasta Mesopotamia casi sin obstáculos. Esto sucedía entre los años 29 a. C. y 180 d.C.

Visitó Jericó, Belén, Nazaret, Cafarnaúm y estableció en Jerusalén su centro de operaciones. En el año 382 continúa su viaje por Egipto, con el fin de conocer a los monjes y anacoretas que vivían en el desierto. Regresa a Jerusalén y de ahí inicia su peregrinación al monte Sinaí visitando Antioquía, Edesa, Mesopotamia y Siria.

Si bien los caminos por aquel tiempo no fueron un obstáculo para su travesía sí tuvo que sortear el paso por lugares deshabitados, en tanto, las casas de postas y los monasterios solían ser su elección como hospedaje. Y cuando sabía que atravesaría algún lugar peligroso recurría a sus contactos.

En la ciudad de Tarso, Egeria anota en su cuaderno el feliz reencuentro con una amiga:

«Encontré allí a una muy amiga mía, a la que todos en oriente tienen como modelo de vida, una santa diaconisa de nombre Marthana, a la que yo había conocido en Jerusalén una vez que ella subió a orar. Tenía bajo su gobierno monasterios de aputactitas, (vírgenes). Cuando me vio ¡con cuánto gozo de ambas, que no podría expresarlo!».

Un tiempo después, a su vuelta hacia Costantinopla, escribe a sus hermanas una última carta:

«Tenedme en vuestra memoria, tanto si continúo dentro de mi cuerpo como si, por fin, lo hubiere abandonado».

Escribe también sobre su deseo de visitar la ciudad de Éfeso, pero se pierde el rastro de sus pasos. No sabemos si alguna vez regresó a Hispania, si murió o si Egeria continuó viajando.

El nombre de Egeria permaneció oculto durante siglos. Solamente se conocía una referencia suya gracias a una carta que San Valero, Obispo de Zaragoza, que escribió a los monjes del monasterio de El Bierzo.

En 1884, un arqueólogo italiano, Gian Francesco Gamurrini, encontró en la Biblioteca de la Cofradía de Santa María de Laicos en Arezzo un códice en pergamino de 37 folios. Una parte del manuscrito estaba incompleta y no se identificaba su autor. Eran las experiencias de Egeria escritas quince siglos atrás. Pero Gamurrini atribuyó aquel texto a Santa Silvia de Aquitania quien también estuvo en los Santos Lugares poco tiempo después que Egeria.

No sería hasta 1903, cuando Mario Ferotín,  en un estudio publicado en la Revista de Cuestiones Históricas, atribuyera aquellos textos a su verdadera autora. 

El conocido como Peregrinación o Itinerario no se ha conservado íntegro, falta el inicio y el final. Dividido en dos partes diferenciadas, la primera es una exhaustiva narración de sus aventuras y se podría considerar como el primer libro de viajes español. La segunda parte es una descripción más concreta de los lugares en los que estuvo, de las personas que conoció y de las liturgias que se oficiaban en los templos que visitó.

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