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Santa Cecilia

Cecilia de Roma, conocida como santa Cecilia, según el Martyrokogium hieronymianum, fue una noble romana, convertida al cristianismo y martirizada por su fe entre los años 180 y 230. Sus atributos son el laúd, el órgano y las rosas.

Hacia el año 480 aparecieron unas Actas de santa Cecilia anónimas, en latín, que se transmitieron en numerosos manuscritos y se tradujeron al griego. Se utilizaron en los prefacios de las misas del Sacramentarium leonianum. Según este texto, Cecilia había sido una virgen de una familia senatorial romana de los Metelos, que se había convertido al cristianismo desde su infancia. Sus padres la dieron en matrimonio a un noble joven pagano, Valeriano. Cuando, tras la celebración del matrimonio, la pareja se había retirado a la cámara nupcial, Cecilia dijo a Valeriano que ella había entregado su virginidad a Dios y que un ángel celosamente guardaba su cuerpo; por consiguiente, Valeriano debía tener el cuidado de no violar su virginidad. Tanto Valeriano como su hermano Tiburcio, se convirtieron al cristianismo tras esta revelación, y vivieron los tres juntos en completa pureza.

Santa Cecilia tocando el laúd (c.1616), óleo sobre tela de Artemisa Gentileschi. Se conserva en la Galería Spada (Roma).

Santa Cecilia tocando el laúd (c.1616), óleo sobre tela de Artemisa Gentileschi. Se conserva en la Galería Spadaa (Roma).

El prefecto Turcio Almaquio condenó a ambos hermanos a la muerte. El funcionario del prefecto, Máximo, fue designado para ejecutar la sentencia. Pero se convirtió al cristianismo y sufrió el martirio con los dos hermanos. Cecilia enterró sus restos en una tumba cristiana. Luego la propia Cecilia fue buscada por los funcionarios del prefecto. Fue condenada a morir ahogada en el baño de su propia casa. Como sobrevivió, la pusieron en un recipiente con agua hirviendo, pero también permaneció ilesa en el ardiente cuarto. Por eso el prefecto decidió que la degollan allí mismo. El ejecutor dejó caer su espada tres veces pero no pudo separar la cabeza del tronco. Huyó, dejando a la virgen bañada en su propia sangre. Cecilia vivió tres días más, dio limosnas a los pobres y dispuso que después de su muerte su casa debía dedicarse como templo.

En 1594, el Papa Gregorio XIII la canonizó y le dio oficialmente el nombramiento, por “haber demostrado una atracción irresistible hacia los acordes melodiosos de los instrumentos. Su espíritu sensible y apasionado por este arte convirtió así su nombre en símbolo de la música”.  No se sabe muy bien el motivo de que la hicera patrona de la música. Las actas de su martirio narran cómo fue condenada a morir asfixiada en humo, y en vez de ello, a pesar de haber pasado más de un día en semejantes condiciones, comenzó a parafrasear, cantando, el Salmo LXX: Que mi corazón y mi carne permanezcan puros, oh Señor, y que no me vea defraudada en tu presencia.

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