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Medicina en el medievo

Durante la Edad Media se perdieron muchos de los conocimientos adquiridos y perfeccionados en siglos anteriores debido a que las civilizaciones griega y romana eran consideradas paganas.

La enfermedad se consideró una prueba impuesta por Dios y había que aceptarla. Pero, las personas sanas debían prestar asistencia a los enfermos como una forma de caridad. Así que durante la primera mitad de la Edad Media los encargados de llevar a cabo esta tarea eran los religiosos. En el S.VI, San Benito de Nursia, lo impuso como   obligación a todos sus discípulos.

La labor de los monjes fue productiva, sobre todo en lo relativo a las plantas medicinales.

A partir del siglo XI la medicina empezó a tomar una nueva forma, ya que nació la medicina laica medieval, es decir, dejó de ser dominio exclusivo de los monjes para ser practicada también por personal civil. La primera escuela de medicina se fundó en Salerno (sur de Italia), contando con numerosos estudiantes procedentes de diferentes países europeos. La medicina griega resurgió, y se extendió por Europa. En el programa de curso de Salerno figuraban también los tratados árabes, por los que se convirtió en precursora de las primeras universidades de Bolonia, Montpellier y Padua.

La medicina medieval aportó la construcción de hospitales y miles de leproserías abrieron sus puertas a los más necesitados. Además, en esta época se descubrió que la infección es la causa de abundantes enfermedades.

Un ejemplo lo podemos encontrar en el siglo xv, que casi se había vencido la lepra, gracias a ciertas medidas como aislar a los enfermos en Leproserías y obligarlos a llevar vestidos especiales. Además, los leprosos tenían que hacer sonar una campanilla para advertir a la gente sana de que llegaban al lugar, y así mantenerse alejados de ellos.

El diagnóstico se basaba sobre todo en la inspección de la orina, que según los cuantiosos tratados y sistemas de uroscopia existentes, se interpretaba según las capas de sedimento que se distinguían en el recipiente, ya que cada una correspondía a una zona específica del cuerpo. También la inspección de la sangre y la del esputo eran importantes para reconocer la enfermedad. El tratamiento se basaba en el principio de contraria contrariis y se reducía a cuatro medidas generales:

  1. Sangría: realizada con la idea de eliminar el humor excesivo responsable del desequilibrio (plétora) o para derivarlo de un órgano a otro, según se practicara del mismo lado anatómico donde se localizaba la enfermedad o del lado opuesto, respectivamente.
  2. Dieta: para evitar que a partir de los alimentos se siguiera produciendo el humor responsable de la discrasia. Desde los tiempos hipocráticos la dieta era uno de los medios terapéuticos principales, basada en dos principios: restricción alimentaria, frecuentemente absoluta, aun en casos en los que conducía rápidamente a desnutrición, o directrices precisas para la preparación de los alimentos y bebidas permitidos, que al final eran tisanas, caldos, huevos y leche.
  3. Purga: para facilitar la eliminación del exceso del humor causante de la enfermedad. Quizá ésta sea la medida terapéutica médica y popular más antigua de todas ya que se tiene constancia de ella desde el siglo XI a.C. en Egipto, todavía tenía vigencia a mediados del siglo XX. A veces los purgantes eran sustituidos por enemas.
  4. Drogas de muy distintos tipos, obtenidas la mayoría de las diferentes plantas, a las que se les atribuían distintas propiedades: digestivas, laxantes, diuréticas, diaforéticas, analgésicas, etc.

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    Ilustración anatómica del siglo XIII que muestra la circulación sanguienea

La cirugía no era practicada por los médicos, sino que estaba en manos de los cirujanos y de los barberos. Los cirujanos no asistían a las universidades, no hablaban latín y eran considerados gente poco educada y de clase inferior. La mayoría eran itinerantes, yendo de una ciudad a otra, operando hernias o cataratas, o tratando fracturas. Los barberos, además de cortar el cabello, vendían ungüentos, sacaban dientes y ponían enemas.

La mayoría de los remedios empleados en esta época fueron transmitidos por vía oral y recogidos en manuscritos que han llegado a nuestros días. Algunos de ellos serían impensables utilizarlos en la actualidad, mientras que otros se siguen utilizando a día de hoy. Veamos algunos de estos remedios:

Quemaduras: Tómese un caracol vivo y frótese su baba contra la quemadura y la piel se curará.

Ayudaba a reducir las ampollas y mitigar el dolor. Investigaciones recientes han demostrado que la baba de caracol contiene antioxidantes, es antiséptico, anestésico, anti irritante, antiinflamatorio, y con propiedades antibióticas y antivirales, con las mismas propiedades que el colágeno. Actualmente se comercializa la baba de caracol para lesiones como cortes, quemaduras o rozaduras.

Tos: Hay que coger el jugo de marrubio y mezclarlo con diapenidión. Después ingerirlo.

El marrubio es una planta de la familia de la menta y es buena para la tos; el diapenidión es un electuario, es decir, un preparado a base de vegetales y miel, que lleva agua de cebada, azúcar y clara de huevo.

Orzuelos: Según el Bald’s Leechbook, un antiguo manuscrito anglosajón fechado a mediados del siglo X, para curar los orzuelos se debería seguir este procedimiento:

Tomar la misma cantidad de cebolla, puerro y ajo y machacarlos juntos. Tomar la misma cantidad de vino y hielo de toro y mezclarla con la cebolla y el puerro. Se pone la mezcla en un recipiente de bronce y dejarlo reposar durante nueve noches. Después se colará todo con un trapo y se aplicará por la noche en el ojo con una pluma.

la cebolla, el ajo y la hiel de toro tienen propiedades antibióticas que podían servir para curar un orzuelo, mientras que el vino contiene ácido acético que, en contacto con el recipiente de bronce, crea sales de bronce que son bactericidas.

Remedio para la gota: Cójase un búho, desplúmelo, ábralo y límpielo; después, hay que salarlo. Ponerlo en una olla nueva y cúbralo con una piedra. Se mete en un horno y se deja allí hasta que quede calcinado. Machacarlo todo con grasa de jabalí y se aplica en la zona afectada por la gota.

 

Tratar la sarna: Tomar un puñado de ceniza de un haya quemada y mezclar con aceite de almendra hasta formar una pasta. Aplicar en el área afectada.

1 comentario en “Medicina en el medievo”

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