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La Inquisición

 A la hora de hablar de la Inquisición es necesario que nos despojemos de todo prejuicio para poder entender este fenómeno de los siglos precedentes.

Europa era cristiana y lo que le daba cohesión era precisamente la religión. Por eso, al surgir las distintas herejías y atacar la doctrina cristiana, se vio en peligro la unidad de los distintos reinos. De aquí que los reyes y príncipes también aceptaron la Inquisición.

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Papa Lucio III

La Inquisición medieval fue establecida en 1184 mediante la bula del Papa Lucio III Ad abolendam, como un instrumento para acabar con la herejía cátara. Mediante esta bula, se exigía a los obispos que interviniesen activamente para extirpar la herejía y se les otorgaba la potestad de juzgar y condenar a los herejes de su diócesis.

En 1231, ante el fracaso de la Inquisición episcopal, Gregorio IX, mediante la bula Excommunicamus, creó la “Inquisición pontificia”, dirigida directamente por el Papa.

El proceso comenzaba por el llamado «periodo de gracia», que consistía en que en un periodo de treinta o cuarenta días los sospechosos tenían la posibilidad de hacer confesiones voluntarias de sus presuntos delitos, que en este caso no se castigarían. Esto hizo que se lograran con bastante éxito los efectos buscados, pero a partir de 1500 estos «periodos de gracia» fueron suprimidos y sustituidos por los edictos por los que los inquisidores anunciaban la obligación de denunciar a los sospechosos bajo pena de excomunión.

Esto provocaba autoinculpaciones, pero también numerosas delaciones, protegidas por el anonimato. Los denunciados no conocían en ningún momento de qué se les acusaba. Para poder defenderse, los acusados tenían derecho a proporcionar previamente el nombre de los que tendrían un motivo para perjudicarles, lo que constituía un modo de recusar su denuncia. En caso de falso testimonio, el castigo previsto para el acusado recaía en el acusador.

El primer interrogatorio tiene lugar en presencia de un jurado local constituido por clérigos y laicos cuya opinión se escucha antes de promulgar la sentencia. Si el acusado mantiene sus negativas, sufre un interrogatorio completo cuyo fin es el de recibir su confesión.

Para obtener la confesión se podía utilizar la coacción mediante la prolongación de la prisión, por la privación de alimentos, o bien por la tortura.

Al final, y después de consultar al jurado, el proceso podía terminar con la libre absolución, con la suspensión del proceso o con una condena. La condena podía ser leve o vehemente. En el primer caso el castigo podía ser una multa, una reprensión y llevar un sambenito. En el segundo caso, era, según la fórmula, “relajado al brazo secular”, esto es, entregado a la jurisdicción ordinaria para su ejecución.

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Los procesos podían hacerse también en ausencia del reo, de forma que si se sentenciaba al mismo a la máxima pena, se les podía quemar en efigie, en forma de un muñeco con sus rasgos. Si el reo había muerto ya, se desenterraban sus huesos y se quemaban.

Durante mucho tiempo la Iglesia fue hostil a la tortura como modo de obtener una confesión. El Papa Nicolás I declaraba que este método “no era admitido ni por las leyes humanas ni por las leyes divinas, pues la confesión debe ser espontánea”. En el siglo XII, el decreto de Graciano, una recopilación de derecho canónico, repite esta condena. Pero en el siglo XIII, el desarrollo del derecho romano provoca el restablecimiento de la tortura en la justicia civil. En 1252, Inocencio IV autoriza su uso por los tribunales eclesiásticos, con condiciones muy concretas no existentes en los tribunales civiles: la víctima no debe correr riesgo ni de mutilación ni de muerte; el obispo del lugar debe dar su consentimiento; y la confesión obtenida debe ser reiterada libremente para ser válida.

No hay que olvidar que el tormento era utilizado también en los tribunales civiles; en el de la Inquisición se le dio otra finalidad: el acusado confeso arrepentido tras la tortura se libraba de la muerte, algo que no ocurría en la justicia civil. Las torturas eran terribles sufrimientos físicos que no llegaban a mutilar o matar al acusado.

Una vez que el reo era declarado culpable, se le pedía que renunciase a la herejía y, sólo en el caso de persistir en ella, se le imponía una pena. Las penas impuestas consistían en encarcelamiento, confiscación de bienes y, en algunos casos, la hoguera.

Respecto al tema de la brujería la Inquisición no perseguía a las brujas, ya que la Inquisición fue creada para detener herejías, y las brujas no eran herejes; es más, la Iglesia no creía que existieran las brujas y, por tanto, no podía condenarlas. Sin embargo, pasados los siglos, esto cambiaría.

 Las primeras actas conocidas sobre brujería en los tribunales de la Inquisición datan de 1400. Se refieren a una secta de brujas que renuncian al cristianismo y adoran al diablo. La Iglesia dio este giro con respecto a su opinión en este punto debido al pánico social.

Cuando los inquisidores comenzaron a mezclar teología con brujería, en lugares donde se daba crédito a ésta última, los tribunales civiles ya hacía tiempo que practicaban las torturas y ejecuciones salvajes contra las brujas.

La Inquisición Española fue creada en 1478 por una bula papal con la finalidad de combatir a los conversos del judaísmo que no dejaban de practicar los ritos judíos en secreto.

A diferencia de la Inquisición medieval, dependía directamente de la corona española. Se implantó en todos los reinos de España.

Por otro lado, un hecho no suficientemente conocido es que la Inquisición no tenía jurisdicción alguna sobre los no bautizados. Por tanto, ni judíos ni musulmanes podían ser juzgados, detenidos o acosados por la Inquisición.

La Inquisición en España celebró, entre 1540 y 1700, 44.674 juicios. Los acusados condenados a muerte fueron del 1,8%, y de ellos el 1,7% fueron condenados en contumacia, es decir, no pudieron ser ajusticiados por estar en paradero desconocido; en su lugar se quemaba o ahorcaba a muñecos. Los tribunales fueron suprimidos entre la segunda mitad del siglo XVIII y en las primeras décadas del siglo XIX.

1 comentario en “La Inquisición”

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